Calles empedradas y casas de un piso
del Chillán lejano:
ciudad sin apremios, con sus verdes huertos
de rumor alado,
sus muchachas lindas, su plaza arbolada,
El paso y el grito de los vendedores:
¡castañas cociiiidas!
cuando ya el otoño vestía de oro
las altas encinas;
o en medio del viento: ¡tortillas calientes,
casera!¡ tortiiiillas!
Y por los ocasos de mayo templado
los peumos estaban
en gandes canastos, tibios y rosados,
cocidos pasaban
por las calles mías, llenos de fragancia
de campo y cachañas.
Enero y febrero, mocosos delcalzos
con su pregoncito,
rompían el aire de Chillám callado,
cual cascabelitos:
¡el maqui maúro! ¡el maqui maúro
a cinco el jarrito!
Y bajo la lluvia, cubiertos de poncho
canasto y farol,
el grito hondo y simple de las araucarias
dándonos su sol
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